sábado, 5 de diciembre de 2009

PRÓLOGO

No podría decir con exactitud, en qué momento, en que preciso instante, mi mundo se iba a derrumbar, todo aquello que había logrado a lo largo de mi corta edad se desvaneció en cuanto aquel día de finales de enero la mirada penetrante y fría de mi madre se clavó en la mía haciéndome estremecer, sabía que a continuación iba a hablar, y por supuesto sabía igual de bien o más, que no diría nada de mi agrado.

Durante unos segundos que se me hicieron eternos, en donde mis manos nerviosas, no paraban de moverse, bajando y subiendo mi falda azul marino a juego con las medias que teñían de color mis largas y delgadas piernas.

-Cielo, tenemos una sorpresa para ti, queríamos dártela tu padre y yo, pero él no estaba del todo seguro, pero creo que lo más oportuno sería decírtelo lo antes posible para que puedas…- No pudo concluir la frase que había pronunciado con una fría y superficial sonrisa forzada.

Mi madre no sabía sonreír, ni tampoco llorar, su semblante serio se limitaba a hacer intentos de sonrisas las cuales no dejaban de ser muecas que incluso en muchas ocasiones me resultaban incómodas a la par que desagradables.

Esta ocasión era una de ellas.

-¿Qué pueda hacer qué?- Me limité a decir, mientras me mordía el labio inferior.

Lo conseguía, solamente ella, la única persona capaz de hacer que mis puños se pusiesen de un tono rojizo al apretarlos, si, lograba enfadarme, aun sin desearlo.

-Despedirte de tus amigas…¡Aunque no te preocupes, seguro que harás otras nuevas!-

Cogió aire para poder seguir hablando, se le notaba inquieta.

-Debes entender que tu padre y yo queremos lo mejor para ti, es un buen colegio Carol, no creo que te vayas a morir por permanecer interna durante un tiempo…¡Ay hija, no me mires así que tampoco estoy diciendo nada raro!

Por supuesto, no era raro, era más que eso, era horrible, horroroso…

Mis lágrimas fueron retenidas una dos y hasta tres veces cerrando fuertemente los ojos para poder lograrlo.

Así que era eso, era lo más sencillo, librarse de la hija adolescente. Así estarían tranquilos, sería una preocupación menos, un incordio menos.

-Tienes razón, no es nada raro abandonar todo lo que me importa, mis amigos, a Peter…

Pronuncié el nombre de mi padre, cuando pasó por mi cabeza la idea de añadir el de Norma, realizar una simple mentira piadosa, pero luego callé, no me gustaba pensarlo, mucho menos decirlo siquiera.

Norma me había educado bien, según decían todos los allegados a nosotros, había sido estricta a la vez que dulce.

Bien, puedo afirmar que ´´dulce´´ debería suprimirse, dejando un lugar apropiado para el término cínica.

Pero a lo referente a la educación, tenían parte de razón, me había enseñado a esconder en lo más profundo de mis adentros todos y cada uno de mis sentimientos, ya fuesen buenos o malos.

Eso me asustaba.

No, para nada quería ser como ella.

-Si de verdad son importantes en tu vida, no se irán de ella, tenlo claro, además solo será hasta tu mayoría de edad, en cuanto comiences tus estudios superiores podrás elegir a donde ir y con quién, hasta entonces tenemos la obligación de educarte de la mejor manera posible, y hazme caso cariño, este colegio tiene todas las cualidades que harán de ti una persona civilizada y aceptada por la sociedad.

Allí estaba, acababa de mostrar el por qué de mi repentino traslado a un internado, quería saber a los demás que su hija mayor, aquella que no destacaba en nada, que no poseía ninguna cualidad, la que poseía una tez lechosa a pesar de los múltiples rayos de sol que abarcaban gran parte de nuestra ciudad y mostraba en ella una belleza corriente no digna de su hermana pequeña, la perfecta y maravillosa Ely iba a realizar sus estudios en un prestigioso colegio.

Ely…podría comenzar a describir el magnífico color de sus ojos claros o su pelo con sus reflejos dorados que ciegan con solo mirarlos.

No, no tenía celos de Ely por eso.

Norma adoraba a Ely, y quizás mi desagrado hacia ella sea su siempre tendencia a la comparación.

Suspiré.

-De acuerdo, ¿Cuándo se supone que me marcharé?

-Bien…ese es el problema, teníamos pensado que comenzaras a mitad de Febrero, pero puesto que ha quedado una plaza vacante y debes empezar cuanto antes para no perder el hábito de estudio mañana a primera hora saldremos de aquí para poder acompañarte a coger el tren hacia Haetville.

Intentó disimular su inquietud de mala manera recorriendo con la mirada cada rincón del pequeño salón que conforme pasaban los minutos se iba haciendo más oscuro.

Mi tiempo se agotaba.

No me molesté en seguir discutiendo con ella, preferí no hacerlo, sabía que al fin y al cabo tenía todas las de perder, Norma siempre se salía con la suya.

Entré en mi habitación, encendiendo una lámpara dispuesta en mi escritorio, y llenó de un color rosáceo las paredes.

Era el poco colorido que residía en mi dormitorio, lleno de cuadros para poder encubrir la frialdad del mismo.

Decidí tumbarme en la cama, quitándome cuidadosamente los zapatos y coger el teléfono que había dejado anteriormente en aquel mismo lugar.

No, no la llamaría, quizás mis padres cambiaban de opinión, quizás aunque me doliera me aferraba a la única esperanza.

Volví a dejar el teléfono sobre la cama y me levanté para poder sentarme frente al ordenador y teclear el nombre de Haetville.

Pronto descubrí como era aquel desconocido lugar, una pequeña foto se apareció ante mis ojos.

Sobre un terreno bastante extenso el cual en su mayoría era ocupado por grandes bosques se podía localizar entre ellos tres castillos dignos de ver por su grandiosa belleza alineados todos y cada uno de ellos dando lugar a una simetría perfecta, por su estructura debían ser de la época victoriana, dos de los cuales estaban reformados casi al completo, mientras el tercero a pesar de su vejez era el más impactante, estaba completamente segura de que un mínimo cambio en él supondría perder la mayor parte de su esencia que le otorgaba aquella hermosura.

Al terminar de observar cada milímetro de aquella foto decidí volver a acostarme, esta vez por puro sueño, me sentía cansada, demasiado, me tiré sobre ella cuan larga era totalmente decidida a dormirme lo antes posible.

Sin embargo a lo que me parecieron unos pocos minutos mi padre entró cerrando cuidadosamente la puerta de mi cuarto, al suponer que estaba dormida comenzó a dirigirse hacia la puerta tras echar una ojeada a la foto del ordenador que aún permanecía allí por no haber sido apagado.

Quizás fue la oscuridad que residía en la habitación, pero me dio la ligera impresión de encontrar un ápice de tristeza que relampagueó en sus ojos azul hielo.

Peter poseía los ojos más increíbles que había visto jamás.

Podían expresar felicidad a la vez que tristeza.

Podían hacer con un simple cruce de miradas sentirte la persona más desdichada o la más afortunada de la faz de la tierra, sacaban de lo más hondo de tu ser un sentimiento de euforia, de alegría o bien una decepción en sus ojos la cual te hacía sentir la más odiosa culpabilidad.

-¿Papá, que ocurre?

Mi padre se volvió hacia a mí.

-Quería saber cómo te has tomado lo del viaje, tu madre ha insistido en que vaya a ver como estabas, parece ser que le ha resultado bastante extraño que no le repliques como de costumbre.

Entonces río, sin embargo su risa me gustaba, sus ojos se volvían diminutos al hacerlo levantando levemente la cabeza hacia arriba, no era como la de Norma.

Intenté seguir su ejemplo y reír con él, pero no salió más de mí que una forzada sonrisa.

-No te preocupes papá, es cuestión de aceptarlo, si creéis que es lo mejor para mí, lo será, ahora si no te importa me gustaría dormir, mañana va a ser un día duro.

-De acuerdo, hija, lo que quieras-me dijo entendiendo que no estaba de humor.

Sin embargo la puerta volvió a abrirse antes de que mi padre saliera de mi dormitorio, era Norma ¿Quién sino? Parecía que no había tenido suficiente con la anterior conversación, ella como siempre tan oportuna…

-Tenemos un regalo para ti- Dijo depositando sobre mi mesita marrón oscuro una pequeña caja de terciopelo negro.

Supuse que sería cualquier tipo de joya, elegida por Norma creyendo así que me alegraría por un regalo tan caro y por lo tanto espléndido.

Al ver que me limitaba a no responder y hacerme la dormida salieron poco después.

No abrí la caja, ni siquiera para ello tenía el humor suficiente.

Para mi asombro, dormí plácidamente.

Olvidarlo todo, eso es lo que necesitaba.

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